Titular: Bajo el cielo gris de Buenos Aires: la pregunta urgente sobre modificar el clima y quién decide
Desde hace semanas Buenos Aires parece haber contratado el clima de Londres: lluvia, humedad y nubes convierten al sol en un acontecimiento casi festivo. El Servicio Meteorológico Nacional advierte sobre un episodio de El Niño fuerte o muy fuerte, y fenómenos más inmediatos como los bloqueos atmosféricos explican esta seguidilla de días grises. Pero una teoría conspirativa —planteada por el influencer Moski (Lautaro Moschini)— afirmó que las nubes y las lluvias podrían ser generadas deliberadamente por poderosos que buscan mantenernos enfermos y deprimidos. No hay evidencia que respalde esa idea. Sin embargo, la conversación abrió una pregunta que sí merece atención: si alguna vez pudiéramos intervenir el clima, ¿deberíamos hacerlo y quién tendría derecho a decidirlo?
La historia y la ciencia aportan antecedentes reales. En 1991 la erupción del volcán Pinatubo enfrió la Tierra alrededor de medio grado al lanzar dióxido de azufre a la estratósfera, fenómeno que algunos científicos habían imaginado aprovechar décadas antes: en 1974 el climatólogo Mijaíl Budyko propuso liberar aerosoles para contrarrestar el calentamiento. La llamada geoingeniería solar contempla dispersar partículas reflectantes o hacer más brillantes ciertas nubes; no debe confundirse con la siembra de nubes, que actúa a escala local. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió en mayo de este año que la evidencia científica actual no permite considerar la geoingeniería solar una respuesta viable a la crisis climática.
Los riesgos son reales: alterar patrones de lluvia, afectar ecosistemas y generar ganadores y perdedores regionales; además, estas técnicas no eliminan el CO₂ ni detienen la acidificación oceánica. La ficción literaria lo dramatiza: en El ministerio del futuro (Kim Stanley Robinson, 2020) una ola de calor en India provoca una catástrofe y lleva al país a intervenir unilateralmente la estratósfera; la novela interroga sobre la urgencia de evitar muertes masivas y los peligros de decisiones que afectan a todos.
Ya hay intentos privados que adelantan debates regulatorios. En 2022 Luke Iseman, fundador de la startup Make Sunsets, lanzó globos con dióxido de azufre desde Baja California sin autorización; México reaccionó para impedirlo. La empresa continuó lanzamientos desde Estados Unidos, ofreció “cooling credits” y para 2025 sumaba más de cien lanzamientos, mientras la Agencia de Protección Ambiental exigía información. Aunque esas acciones están lejos de enfriar el planeta, muestran que actores individuales pueden avanzar antes de acuerdos globales. El economista Martin Weitzman habló en 2012 del riesgo del “free driver”: un solo país o actor barato podría decidir por todos.
La discusión exige algo más que tecnología: instituciones capaces de deliberar, transparentar investigaciones, vigilar, incluir a poblaciones afectadas y resolver disputas. También merece considerarse la opción colectiva de no usar ciertas herramientas. Inventar nuevas formas de gobernanza es posible y necesario; no son leyes de la naturaleza sino creaciones humanas que podemos mejorar.
Mientras escribo, Buenos Aires sigue bajo un cielo gris. No creo en conspiraciones que fabriquen nubes, pero sí en la urgencia de preguntarnos, con responsabilidad y solidaridad, qué queremos hacer con el poder de intervenir el clima y cómo decidiremos juntos.


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